EL PAPEL DE LA AGRICULTURA EN LOS OBJETIVOS DE LA AGENDA 2030

9 septiembre, 2020

Las estadísticas son demoledoras, la población mundial actual de 7.600 millones de habitantes alcanzará los 8.600 millones en 2030 según todos los expertos. Si a esto le sumamos que en la actualidad contamos con aproximadamente 820 millones de personas en situación de hambruna, algo más del 10% de la población mundial, los problemas actuales para alimentar a la totalidad de la población se van a ver incrementados con las proyecciones demográficas futuras. Esto sin tener en cuenta las devastadoras consecuencias de la COVID_19, especialmente en los países más pobres del mundo.

Por otro lado, la Agenda 2030, plan de acción internacional a favor de las personas, del planeta y de la prosperidad, basa sus 17 indicadores de desarrollo sostenible en la buena gestión y gobernanza de multitud de variables que intentarán alcanzar esos objetivos en el citado año.

En este complejo escenario que vivimos, es donde la agricultura juega un papel clave y fundamental, enfrentándose en los próximos años a uno de los mayores retos que jamás haya encarado. Está claro que la única forma de alimentar a la población actual y futura es a través de las actividades primarias como la agricultura, la ganadería y la pesca, y su importancia es tal que varios de los objetivos de desarrollo sostenible que incorpora la agenda 2030 se basan en las actividades agrícolas para su consecución, especialmente los indicadores del segundo de ellos: hambre cero.

Paradójicamente, este supuesto protagonismo que debiera adquirir la agricultura como herramienta principal para erradicar el hambre, ha visto como se ha ido apagando mediante la reducción de inversiones por parte de los países en este sector, países que abanderan por un lado la lucha contra el hambre y la pobreza, mediante una producción agrícola sostenible y de calidad, pero abandonando el sector mediante el apoyo a otros sectores productivos e industrias, reduciendo paulatinamente el importe invertido en agricultura respecto al PIB anual.

En la actualidad, el 37% de las tierras mundiales son tierras agrícolas, y tan solo un 11% son cultivables. Otro problema añadido es la gran fragmentación de estas tierras, ya que el 85% de las explotaciones agrícolas mundiales tienen menos de 2 hectáreas. Por otro lado, la despoblación y el éxodo rural, que afecta especialmente a los países industrializados, provoca que tan solo el 28% del total de empleos a nivel mundial sean dedicados a actividades agrícolas, frente al 34% que existía hace tan solo diez años.

El avance de la desertización en algunas áreas y los fenómenos asociados al cambio climático provocan que cada año millones de personas se vean desplazadas por la imposibilidad de obtener alimentos en sus tierras, el desequilibrio en el reparto de la riqueza, la falta de formación y medios, y los problemas internacionales relacionados con el mercado de productos procedentes de la agricultura (aranceles, barreras sanitarias, trazabilidad, etc..) hacen que la producción y posterior reparto no sean equitativos.

La agricultura 4.0 y la innovación tecnológica, claves para alimentar al mundo de un modo sostenible

Ha llegado el momento de transformar la eficacia en eficiencia. Ya no es suficiente con cumplir los requerimientos básicos de producción y desarrollar de forma aceptable los procesos actuales, sino que tenemos que dar un paso adelante para lograr la máxima eficiencia, y producir más empleando menos recursos. La agricultura denominada 4.0 y todos los avances tecnológicos de los que disponemos, nos ayudarán a tomar las decisiones estratégicas correctas de cara a producir mayor cantidad de alimentos con un menor coste energético, climático, de forma sostenible, y reduciendo al máximo los recursos. Conceptos como la economía azul, economía circular o huella de carbono cero, conviven con nosotros con toda naturalidad, pero su aplicación directa aún está lejos de ser lo suficientemente difundida y tangible en la totalidad del sector agrícola.

La innovación debe estar siempre presente en el agricultor si queremos llegar a alimentar a la totalidad de la población prevista en el año 2030, porque se precisará un incremento cercano al 50% de la producción para conseguir este objetivo. El incremento de las tierras arables, su mayor producción y una buena gestión de todos los eslabones de la cadena de valor, crearán las sinergias necesarias para lograr este ambicioso desafío.

No podemos olvidar en cambio que, a nivel mundial, las velocidades de avance de este sector primario son bien diferentes según la parte del globo de la que hablemos, ya que gran parte de las tierras cultivables se encuentran en países donde la agricultura representa una economía de subsistencia y donde los agricultores adolecen de formación y medios tecnológicos, con lo que las producciones se reducen drásticamente con respecto a los rendimientos obtenidos en los países industrializados. A pesar de ello, estas explotaciones agrícolas son el sustento directo de más de 500 millones de pequeños agricultores y sus familias, y proporcionan ingresos que facilitan el acceso a otros servicios como educación, servicios sanitarios e higiénicos, agua, etc.

En todo este contexto, la agricultura debe luchar también contra los prejuicios que actualmente existen en la producción, especialmente derivados de su afección al medio ambiente. No podemos obviar que la agricultura es la principal fuente de contaminación del agua por nitratos, fosfatos y plaguicidas, en los últimos 10 años se ha incrementado el consumo de fertilizantes en 20 Kg/ha, la agricultura suma el 70% del consumo de agua mundial, y cerca de 3 millones de personas mueren anualmente por exposición a pesticidas, ; la ganadería es responsable del 14% de la emisiones globales de efecto invernadero, y un 80% de las tierras agrícolas se dedican a pastos y producción de alimento para el ganado, aunque en el otro lado de la balanza también es cierto que esta actividad ganadera sostiene a 1.300 millones de personas en todo el mundo.

El consumidor debe corresponsabilizarse para alcanzar los objetivos de la Agenda 2030

Por último, no sería justo realizar un análisis sobre la importancia de la agricultura en la erradicación del hambre mundial, sin hablar de la corresponsabilidad del consumidor. A pesar de buscar la innovación, eficacia, eficiencia, y mejores prácticas culturales para producir más y mejor con menos recursos y minimizando el impacto ambiental, sin la colaboración del consumidor será imposible alcanzar el reto planteado en el segundo objetivo de la agenda 2030.

En la actualidad, un tercio de los alimentos que se producen terminan en la basura. Multitud de guerras comerciales entre países utilizan los productos agrícolas como arma arrojadiza con la connivencia y boicot de sus ciudadanos; existe un alto consumo de proteína animal que el consumidor no está dispuesto a rebajar, 1 de cada 8 adultos sufre obesidad en el mundo, y la percepción de la calidad del producto de muchos consumidores hace desechar parte de los alimentos para satisfacerla. Estos son algunos de los factores que dificultan alinear estrategias en la producción, distribución y consumo de alimentos agroalimentarios para lograr los objetivos buscados.

Si no se aborda un cambio en los hábitos alimentarios, en las políticas comerciales internacionales, en la inversión destinada al sector agrícola y ganadero, en la gestión integral de la cadena de valor, y no se concede el papel protagonista que la agricultura se merece en este engranaje, corremos el riesgo de que las generaciones venideras piensen que la producción de un kilo de tomates saldrá de una factoría industrial y el sustento actual y futuro estará asegurado de este modo. Nada más lejos de la realidad.

Sergio de Román

Director de Agricultura, Pescas e Alimentación de Incatema Consulting & Engineering